El hantavirus
El crucero que nos recuerda lo que ocurre dentro de un centro educativo
El hantavirus, una palabra desconocida para mí hasta hace unos días, y el barco «MV Hondius» me han hecho pensar en la enorme tarea que ejerce el profesorado y en las muchas analogías que existen con lo que sucede en el interior de los centros educativos. No en vano, un colegio o un instituto se parece bastante a un crucero que inicia su viaje cada septiembre y llega a puerto en junio.
Hasta que no formé parte de un equipo directivo no entendí realmente que organizar un curso escolar es algo muy parecido a organizar un viaje o poner en marcha un gran barco. Yo siempre decía que era como montar una fábrica de conocimiento cada septiembre: hay que organizar a trabajadores y trabajadoras, coordinar horarios, cuadrar recursos y hacerlo, además, con medios limitados, que son los que la Administración pone a disposición y que, en muchas ocasiones, resultan claramente insuficientes.
Lo del barco me trae recuerdos y situaciones vividas que después, desde mi visión como Inspector de Educación, se ven todavía más amplificadas.
Seguro que ya conoces la historia, pero, por resumirla: un crucero de lujo cuyas tarifas oscilaban entre los 15.000 y los 24.000 euros por persona en el que varias personas resultaron infectadas por hantavirus, con fallecidos y una situación de emergencia sanitaria que requirió la intervención de la Organización Mundial de la Salud. La OMS actuó y se encontró con que las autoridades de Cabo Verde no autorizaban el desembarco del crucero en su territorio. Finalmente, el Gobierno de España, ante el requerimiento del organismo internacional y desde una posición de responsabilidad moral, aceptó que fuese en las Islas Canarias donde el barco realizase escala. A partir de ahí, comenzó la confrontación política y el ruido mediático habitual, aunque finalmente el desembarco ha terminado produciéndose.
Entre medias, la OMS recibió información contradictoria sobre el número de pasajeros que habían abandonado el crucero previamente. Y aquí empiezan las analogías con aquello que, curiosamente, nunca sucede en un centro educativo.
Según publicaron diversos medios de comunicación, el barco zarpó con 114 pasajeros y 61 tripulantes, pero no existía seguridad sobre cuántas personas habían desembarcado en el último puerto. Resulta incomprensible pensar que en un crucero no exista un control exacto de quién entra y quién sale.
Imagina por un momento que fuese una excursión escolar. A ningún docente se le pasa por la cabeza no llevar un control exhaustivo del alumnado. Es más, días antes de la salida ya estás pensando constantemente en el número de alumnos y alumnas, en los posibles riesgos, en los escenarios donde algo podría salir mal. Y cuando finalmente llega el día, cuentas una y otra vez. Antes de subir al autobús, al bajar, antes de entrar a un museo o al sitio a visitar, al salir, antes de volver al centro.
Esa es la parte invisible de las salidas escolares. La preocupación constante. El estado de alerta permanente. Y no te digo nada cuando la actividad dura más de un día. Solo quienes hemos vivido eso sabemos el agotamiento mental que supone y el bajón que entra al llegar a casa después de una excursión con alumnado. El próximo mes comenzarán las salidas de final de curso en colegios e institutos y, si no me crees, piensa en ello.
Por otro lado, está el asunto de que nadie quiere que el barco atraque en su puerto. Es comprensible el miedo. Ayer mismo, una vecina decía en El País: «Me dan pena, pero tengo miedo». Y es lógico. Pero hablamos de un asunto de salud pública en el que la Unión Europea y los distintos Estados deben actuar de forma coordinada.
Y esto también me recuerda a algo que sucede en los centros educativos cuando llega el momento de elegir horarios y grupos: casi nadie quiere hacerse cargo de los grupos más complejos.
Fíjate que en primero de ESO, probablemente el curso donde más acompañamiento necesita el alumnado, debería estar el profesorado con mayor experiencia docente. Sin embargo, en ocasiones ocurre justo lo contrario: esos grupos terminan quedando para quienes llegan los últimos al centro o tienen menos margen de elección. Es verdad que existe normativa al respecto y que cada comunidad autónoma o cada centro tiene cierta regulación interna, pero la realidad cotidiana suele ser bastante diferente. En pocas ocasiones el profesorado veterano se ofrece voluntariamente para asumir esos grupos especialmente complejos.
Ya veremos cómo termina todo esto del crucero. Pero en una sociedad globalizada como la nuestra, y con la experiencia reciente de la pandemia, estamos viendo cómo aparecen casos sospechosos de hantavirus en distintos países. Esperemos que finalmente no se confirmen y que todo quede en una situación de alerta sanitaria bien gestionada por las autoridades.
Exactamente igual que hicieron miles y miles de docentes tras el confinamiento y durante la vuelta a las aulas. Una labor para la que nunca existirán suficientes palabras de reconocimiento. Porque sostener el sistema educativo en aquel momento del confinamiento fue mucho más que enseñar contenidos: fue aportar estabilidad, calma y normalidad en medio del miedo colectivo.
«Odisea en el Atlántico». Así se anunciaba este crucero que nos ha traído una palabra nueva para muchos: hantavirus. Y también el recuerdo de lo poco valorada que sigue estando la enorme labor que realiza el profesorado cada día.
Porque los centros educativos sostienen buena parte del ritmo de la vida familiar y social de este país. Funcionan gracias a protocolos, organización y procedimientos que permiten gestionar miles de situaciones cada día entre alumnado, docentes, familias y personal de administración y servicios. Y, pese a ello, para todo lo que ocurre entre lunes y viernes, pasan muy pocas cosas.
Eso sí, cuando algo sucede, porque es inevitable que ocurra en estructuras tan complejas, entonces llega el foco mediático y, en ocasiones, la tentación de convertir un caso concreto en una generalización injusta.
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Gracias por dedicarme parte de tu tiempo en leerme. Te deseo una buena semana.
Besos y abrazos,
Fran Nortes

