La mirada que educa
Cómo influye el grupo de iguales en la adolescencia y qué podemos hacer para protegerles
Te confieso que, cada vez que visito un centro educativo, me gusta llegar con tiempo. Disfruto observando lo que ocurre alrededor, especialmente si coincide con la entrada, la salida o el recreo. Es un hábito profesional, sin duda, pero también una costumbre personal. Como padre, cada mañana dejo a mi hijo mayor en el instituto. Eso sí, a cierta distancia, porque prefiere llegar solo, no sin antes permitirme ese beso discreto de despedida. Si tienes hijos adolescentes, seguro que sabes perfectamente de qué hablo.
No sé si este afán por observar nació con mi trabajo o si ya venía de antes. Recuerdo que, en mis prácticas de Magisterio, allá por el siglo pasado, una de las cosas que más me fascinaban eran los patrones de comportamiento durante los recreos. Me llamaba la atención ver cómo los niños de ocho o nueve años se encaramaban a los barrotes de aquellas canastas de cuatro apoyos, como si colgarse de ellas fuese parte de algún instinto ancestral compartido con nuestros antepasados simios. Ese colegio cambió tanto que apenas queda una parte del original, pero la imagen sigue intacta en mi memoria cada vez que lo visito o paso por su puerta.
Hoy me interesa especialmente cómo el comportamiento adolescente está profundamente moldeado por el grupo de iguales. Basta observar el corte de pelo predominante entre los chicos para entenderlo. Esta semana publiqué un vídeo en Instagram (@frannortes) y TikTok (@fran_nortes) sobre por qué, cuando hace frío, a los adolescentes les cuesta ponerse abrigo. La explicación está en el pensamiento grupal, en esa mirada constante hacia lo que hacen los demás.
Docentes y familias deberíamos tener muy presente esa realidad. La presión del grupo siempre ha existido, pero ahora las redes sociales la amplifican. Antes, uno podía tener una imagen pública en el instituto y otra completamente distinta en casa. En mi caso, podía aparentar tenerlo todo controlado respecto a lo que esperaba el grupo mientras, en casa, seguía jugando con mis muñecos recreando capítulos del Equipo A mientras me asomaban los primeros pelos del bigote. Ese yo íntimo permanecía a salvo. Hoy, sin embargo, la exposición es permanente: está en la foto de perfil de WhatsApp, en los comentarios, en la actividad constante. Y es una presión que afecta especialmente a las chicas.
Pienso a menudo en los adolescentes con menor autoestima. Son quienes más sufren esta dinámica porque están construyendo su identidad a la vez que gestionan la mirada del grupo. Necesitan sentirse aceptados y, para lograrlo, pueden asumir de manera indiscriminada las normas implícitas del colectivo. Los adolescentes con mayor autoestima suelen resistir mejor la presión negativa, pero los más frágiles interiorizan mensajes y conductas sin filtro. Quien trabaja en un instituto lo ve cada día y quien acompaña procesos desde edades tempranas lo percibe incluso antes porque estas cosas se empiezan a ver en el parque o en el patio.
¿Qué podemos hacer ante esto?
Lo primero es aceptar que llegará un día en que tu hijo o hija no querrá que lo acompañes hasta la puerta del instituto, ni que le des un beso donde alguien pueda verlo, ni que cuestiones por qué lleva el peinado de moda o cierto tipo de pantalón. Lo segundo es asumir el papel moderador que tenemos como docentes en el crecimiento personal del alumnado y en la dinámica del grupo como colectivo. Introducir en el aula actividades y conversaciones que trabajen la identidad, la autoestima y la presión social es esencial. El ecosistema adolescente de 2025 no tiene nada que ver con el de tu adolescencia o la mía.
Y lo tercero, quizá lo más difícil, es ayudar a las familias a comprender la importancia de ejercer también ellas ese papel moderador en su vida cotidiana. Su presencia, sus límites, su escucha y su forma de acompañar construyen un capital psicológico imprescindible para que los adolescentes puedan protegerse de las influencias negativas del grupo y desenvolverse con mayor libertad dentro de las expectativas que este pueda tener.
No es una tarea sencilla, pero sí urgente. Va más allá de las competencias clave, de los descriptores operativos o de las situaciones de aprendizaje. En mi época lo llamábamos currículum oculto —hoy hablamos de currículo, aunque entonces no lo pronunciábamos así—. Y sigue siendo, a día de hoy, un elemento esencial en la labor docente.
Gracias por dedicar un tiempo a este espacio íntimo donde pensar juntos sobre lo que nos une: la educación, las personas y la forma en que nos acompañamos para crecer.
Besos y abrazos,
Fran Nortes

