Waiting mode
De las rutinas más simples nacen las mayores lecciones
Hay palabras que, al escucharlas por primera vez, se quedan clavadas en la memoria porque te obligan a detenerte. Eso me sucedió hace unos días con una expresión extraña, casi técnica, que apareció de repente en un lugar cotidiano: la farmacia.
Voy allí cada mes a por mis medicinas. La misma farmacia, el mismo mostrador, el mismo chico con el que termino comentando las últimas noticias del Real Murcia. No es que falten farmacias en el pueblo donde vivo —al contrario, hay más que cajeros—, pero todos tenemos esas rutinas que se convierten en pequeñas anclas en la vida. Nos aferramos a ellas porque nos dan seguridad.
Lo mismo me ocurre con otra costumbre: en los baños públicos siempre elijo el primer váter. Leí hace años un estudio que decía que los hombres tendemos a ocupar los más alejados de la puerta. Me pareció curioso, empecé a observarlo y se cumplía. Desde entonces, siempre entro en el primero que suele ser el que siempre está libre. No porque tenga un afán científico, sino porque comprobé que, efectivamente, suele ser el más limpio. Al final, la costumbre se convierte en convicción.
Y dentro de mis rutinas está también llevarme la revista mensual de la farmacia, Consejos de tu farmacéutico. No sé si es deformación profesional, curiosidad o simplemente manía, pero siempre la leo. Me gustan sobre todo las páginas dedicadas a recetas y salud cotidiana, esos consejos que parecen sencillos y que sin embargo acaban por enseñarte algo útil.
La edición de septiembre (aún no estaba la de octubre) traía en portada una frase que me atrapó: «TDAH. Afrontar el waiting mode». Reconozco que lo primero que me llamó la atención fue lo raro del término. Waiting mode. Nunca lo había escuchado. Y eso ya fue suficiente para que esa misma noche me pusiera a leer con calma.
Lo que descubrí me hizo pensar. El waiting mode es lo que se utiliza para referirse al estado de bloqueo cognitivo en el que un niño o adolescente está presente, pero no activo. Entonces supe a lo que se refería y que siempre conocía como algo que ocurre especialmente en alumnado con TDAH, con trastornos del espectro autista o con dificultades de aprendizaje . Desde fuera parece que simplemente no hacen la tarea o no responden a los estímulos. Pero por dentro sucede otra cosa: anticipan la frustración, sienten el peso de estar observados y juzgados, y prefieren no actuar antes que fracasar. Es una especie de refugio mental, un botón de «pausa» que su cerebro activa para protegerse.
Mientras lo leía, pensé en cuántas veces los docentes hemos visto esa mirada vacía, ese gesto de quien parece «estar empanado». Y cuántas veces, por desconocimiento, lo hemos atribuido solo a falta de interés o a simple distracción.
Esa palabra nueva, waiting mode, me llevó a una reflexión que considero esencial: lo importante que es seguir formándonos a lo largo de la vida. No podemos dar por sabido lo que aprendimos hace años, porque los tiempos cambian, las investigaciones avanzan y la realidad en el aula nunca es estática. Uno de mis temores cuando entré en el Cuerpo de Inspectores de Educación fue precisamente ese: perder contacto con lo que pasa en el aula. Alejarme de lo cotidiano. Por eso me esfuerzo en seguir aprendiendo, en mantener la mirada abierta. Lo hago a través de la interacción con los equipos directivos, con los docentes y también con la preparación de oposiciones, que me obliga a estar en contacto con lo que ocurre hoy, no con lo que ocurría hace veinte años.
Y aquí está la clave: distinguir entre un alumno que simplemente está distraído y otro que realmente sufre un bloqueo cognitivo. La diferencia no es menor. Por ejemplo, un adolescente tímido de 1.º de la ESO que evita hablar con su grupo puede parecer solo despistado. Pero a veces, detrás, lo que hay es miedo al rechazo, inseguridad profunda o la necesidad de refugiarse en relaciones más seguras con niños más pequeños o con su familia. El problema no es que estén pensando en otra cosa. El problema es que no pueden salir del bloqueo.
Estos matices son los que marcan la diferencia en la educación. Y solo los detectamos si miramos con atención, si observamos más allá de lo que se ve a primera vista. Porque cada gesto, cada silencio, puede esconder una explicación que no aparece en los libros ni en las programaciones didácticas.
Me gusta pensar que cada día se nos ofrecen oportunidades de aprendizaje. Algunas son evidentes, otras llegan disfrazadas de unas palabras extrañas en una revista que recoges casi por inercia. El reto es estar despiertos para no dejarlas pasar.
Por eso te lanzo esta idea: ¿y si nos entrenamos para detectar los waiting modes de nuestro alumnado, pero también los nuestros? Porque todos, en algún momento, entramos en un modo de espera. Nos bloqueamos, nos paralizamos, dejamos de actuar porque tememos equivocarnos. La diferencia es que los adultos sabemos disfrazarlo mejor.
La educación —y la vida— consiste en eso: en reconocer cuándo estamos en pausa y tener el valor de darle al botón de «play» de nuevo.
Gracias por leerme. Ojalá esta semana encuentres tu propio aprendizaje escondido en la rutina más inesperada.
Besos y abrazos,
Fran Nortes

